lunes, 23 de mayo de 2011

México y la literatura de los márgenes

México jamás ha creado  una  narrativa  sólo para entretener.  La novela mexicana, en específico,  nunca ha sido, desde el momento mismo de su aparición, un pasatiempo ocioso, un alarde estéril de imaginación o el  ejercicio retórico   de un divertimento: ha sido un instrumento eficaz para captar nuestra realidad y conferirle sentido y perdurabilidad a nuestra historia.

También, es verdad, se le ha conferido, en diferentes obras y géneros narrativos mexicanos, como en el caso de la obra de José Revueltas, la novelística de Carlos Fuentes del periodo del “boom”,  la literatura de la contracultura o de la Onda y el neopoliciaco o género negro mexicano,  el estatuto de acto simbólico de política, a la manera en que lo define y entiende el crítico y teórico literario Fredric Jameson.

La literatura negra,  específicamente en México, no se ha estructurado   solo para  regodearse de la violencia y las precariedades sociales actuales  para conseguir, de facto , un éxito mercadotécnico asegurado en el escándalo, la polémica y el ruido mediático sino ha empleado el tálamo  narrativo , primordialmente, como un vehículo de entendimiento: de aprehensión de una realidad mexicana muy particular, presente  y dolorosa como significa, en estos tiempos,  la criminalidad y el narcotráfico,  y ha apuntado a su  comprensión  y representación estética desde el interior mismo del fenómeno social y político , como buena parte de las creaciones literarias del continente en la posmodernidad.

En este sentido, en  la literatura latinoamericana posmoderna, se observa, así,  una línea de lectura, en general, donde la relación literatura-realidad está presente de manera extrema y conglomerada en varios textos de ficción como es el caso de  La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo, Abril rojo, de Santiago Roncagliolo, Vientos de cuaresma de Eduardo Padura, La bestia desatada (2007) de Guillermo Cardona  o Ciudad de Dios (2003) de Paulo Lins.   En estas novelas  latinoamericanas  contemporáneas lo literario y lo social se enlazan, ya sea para hablar de la violencia y/o la problemática socioeconómica que impacta culturalmente  a  América Latina.

Es, efectivamente,  la narrativa policiaca y su sucesora, la neopoliciaca,   producciones culturales  que en buena medida ha conocido un trayecto de exclusión y, en muchos grados, el de  cierta marginación cultural, si se toma en cuenta que a principios de los años setenta, para trazar un horizonte histórico a esta literatura,  hablar de literatura policiaca, de la narrativa que da cuenta de la criminalidad y  la violencia era, de algún modo, una suerte de “descenso” en el sentido más lineal del término: no sólo porque implicaba el alumbramiento de temas urbanos y  populares sino  porque la producción de la literatura policiaca era considerada una subcultura e, incluso, una incultura, pues la crítica literaria más canónica, por desconocimiento y prejuicio , sobre todo,  había determinado que  este medio de expresión carecía de los méritos, conceptuales y formales,  necesarios para recibir la atención  de cualquier crítica especializada o académica seria, pues dicha descalificación cuestionaba si el discurso policiaco podría ser considerado, incluso,  literatura. “seria” debido a cuestiones completamente extraliterarias.


Si para la literatura policiaca las razones sociales del delito  eran irrelevantes o de poco valor y lo nuclear se supeditaba particularmente  en  la cimentación y resolución del  enigma,  la literatura negra  se configuró, en el agotamiento del original género detectivesco,  como una veta de crítica social de la novela policiaca, que no sólo la revitalizó, sino la llevo a su permanencia y a desbordar sus posibilidades.
Lo delictivo  en la novela negra ya no constituyó sino un pretexto (no un fin), un catalizador,  un accionar  donde quedaba aludidas  las problemáticas sociales y políticas más  actuales y relevantes  del fin de  la sociedad moderna y ya profetizaba las futuras realidades del capitalismo avanzado. Concretamente, fue en el marco de  la sociedad norteamericana de la prohibición del alcohol y la  Ley Seca (promulgada el 1ro de enero de 1920)  y la gran recesión norteamericana o Gran Depresión de 1929 (iniciada el 24 de octubre), que el llamado género negro, o literatura de la serie negra, encontró un eco literario exitoso dentro de una sociedad que entraba en contradicción económica y moral con un régimen capitalista desbocado que, hasta esos primeros reveses sociales,  había acostumbrado a Estados Unidos a  una lógica liberalista en las cuestiones financieras y sociales, fomentadas, también por la industria y los medios  masivos de comunicación.Lejos de regodearse haciendo una apología de la violencia que vive en su interior nuestra sociedad, la literatura mexicana en la posmodernidad ha utilizado la narrativa, primordialmente, como un vehículo de entendimiento: de aprehensión de la realidad y su comprensión, como dialéctica y fenomenología en los usos y costumbres de un México que ha cambiado su faz, como conjunto.

1 comentario:

  1. Me parece un asunto sumamente importante el que mencionas aquí; el detective de novela clásica es un tipo con vicios pero que siempre busca resolver el crimen sin importarle las causas del mismo y además no se sabe mucho de su vida; la novela negra nos permite asomarnos más hasta el punto que tú mencionas, el crimen se convierte en un pretexto para la novela y para que el lector conozca al detective como persona, y una persona de todo a todo, con vicios, debilidades, fortalezas y cualidades. Como ejemplos te daría a Leonardo Padura y sus "Cuatro estaciones", el mismo Hammett que abre el género con "El halcón maltés" o Rafaél Bernal y "El complot mongol"

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