Duros e irónicos: los nuevos detectives y criminales de la literatura mexicana
. Hasta la aparición de El complot mongol, el género policiaco en México y sus principales exponentes (por cierto contemporáneos de Bernal) [1]habían ejercitado esta narrativa siguiendo en gran medida las estructuras y las formas “clásicas” del género policial como el que se había desarrollado en lengua inglesa; sin embargo, dichas adaptaciones no habían alcanzado a recrear con éxito ni verosimilitud temáticas delincuenciales, escenarios y una idiosincrasia nacional más profunda y fidedigna.
No fue sino hasta la aparición de la novela de Bernal que un tipo de narrativa de raigambre popular llegó no sólo a “ilustrar” escenarios extremos y personajes “duros” o tough que deambulaban sin códigos de honor o ética en la realidad mexicana. El complot mongol llego, en síntesis, a “delatar” de manera eficiente a una sociedad mexicana que padecía una latente violenta y un corrupto sistema de impunidad posrevolucionario que sustentaba una sociedad permanentemente a medio hacer, plagada de injusticias, desigualdades y otras crueldades sociales. La novela constituyó una obra policiaca que, en mucho, estuvo relacionada con aquella vertiente “negra” que hacia los años 30 del siglo XX, autores como Hammett o Chandler había desarrollado teniendo como horizonte inmediato La ley Seca de 1920 y la conformación de la mafia y el crimen organizado moderno[2]: “se trata de una narrativa, con origen en los Estados Unidos durante los años ’20, y con desarrollo típico y primordialmente norteamericano, ceñida al enfoque realista y sociopolítico de la contemporánea temática del crimen, encausada paulatinamente como un género determinado” (Coma, 1980),
Es necesario apuntar que esta narrativa contextuada en la época de la Gran Depresión estadounidense ha representado, a decir de algunos especialistas destacados, una vertiente literaria de “cariz social” del género policiaco[3] pues “la novela policial se hace negra cuando se nutre de violencia y además presenta denuncias sociales” (Torres, 1982, 5).
Hacia las décadas de los años setentas y ochentas y con la muerte un tanto prematura de Rafael Bernal en 1972, este renovado género literario recayó en manos de una nueva generación de creadores: fue retomado por una camada de escritores nacidos entre 1940 y 1950 diversos estados norteños y del centro del país, que le imprimieron a su quehacer narrativo, la lógica de la literatura como fenomenología del mundo y, también, un acto simbólico de política y sociedad varias décadas después del máximo éxito del género negro en lengua anglosajona: una estrategia estética de crítica y sociedad[4]. Aquella poética de inspiración social arraigo como forma de expresión en las propias convicciones político-sociales de una generación “naufraga” y marcada por los movimientos sociales de 1968, la de Paco Ignacio Taibo II (1949), quien entendió esta nueva forma de hacer literatura policiaca y política como “neopolicial”, y Rafael Ramírez Heredia (1942-2006), creadores, ambos, de una forma de aprehender una realidad a través de personajes o escenarios verosímiles que aludían constantemente a los bajos fondos urbanos y desde donde otros autores actuales, como Élmer Mendoza, con nuevas visiones y perspectivas ( incluso criminales) creen que es posible realizar una representación estética de la violencia así como una crítica de los problemas nacionales de nuestro tiempo, propuesta que Bernal, de alguna manera, había ya iniciado.
[1] Entre éstos coetáneos que destaca la obra de Antonio Helú, Pepé Martínez de la Vega o María Elvira Bermúdez como parte de una joven tradición que toma impulso con el propio siglo XX, aclara Gabriel Trujillo (2000, ) una distinción ya entre lo policiaco y su vertiente política en México: “La primera veta, la más tradicional, la más apegada al detective racionalista anglosajón, como el Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, tiene como primer antecedente a José María Barrios de los Ríos. De ella provienen autores como Rafael Solana, Antonio Helú, Rafael Bernal en su primera época y María Elvira Bermúdez. La segunda veta, donde lo policiaco es lo político, donde la ley es la que establece las argucias de lo criminal, puede ser rastreada a partir de Payno.
[2]Para autores como Hammett o Chandler, en Occidente, concretamente, las crisis sociales y culturales que representaron el gran trastabilleo de la modernidad, y de sus economías, a inicios del siglo XX ( las inmediaciones históricas de la Gran Depresión, la época de la prohibición del alcohol y la eclosión de las mafias norteamericanas) significó, para sus propuestas literarias, la febril asimilación y el gran éxito editorial ( y cinematográfico, posteriormente) del género negro en lengua anglosajona ante las intensas relaciones que proveyó dicha forma de ficción con la realidad de su tiempo
[3] En El cuento policial mexicano (1982), Vicente Francisco Torres propuestas que con el tiempo han resultado útiles y efectivas para definir el género y distinguir las variantes en que se ha enramado el policial; propone Torres, en relación a la novela negra: “para que un cuento o narración sea detectivesco no es necesario que haya detectives; basta con que aparezca la detección” y “la novela policial se hace negra cuando se nutre de violencia y además presenta denuncias sociales”(5).
[4] Sin hacer una apología “retorcida” de la violencia o la delincuencia esta propuesta literaria obedeció en efecto al signo o reconocimiento de una propuesta programada, pues como lo han subrayado otros autores como Geneviéve Bolleme, lo popular unido a literatura implica, ante todo, una estrategia con objetivos muy específicos (cf. Bolleme, 1990).
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