miércoles, 25 de mayo de 2011

Levantón y desamor en los márgenes de la tranquilidad

 

Violencia puede definirse de muchas formas y todas resultan demasiado frivolas hasta el momento en que la cacha de una pistola 9mm revienta en tu frente y te baña el rostro entre borbotones de líquido caliente.

Todos lo ven. Todos lo murmuran. Puede haber gritos a lontananza. Algun tipo en bicicleta rodada veinte cruza por la escena donde, con la boca abierta y el ceño levantado, ve a un tipo llevarse las manos al rostro , a su novia tomada por el cuello por otro individuo y a su comparsa, encañonando al agredido, enseguida del cachazo. Todo ocurre al lado de su vehículo, un pointer tuneado y  reciente y con rines deportivos. Luego viene el dime y direte clásico entre el agandalle y el manoteo, el subir de las dos víctimas a huevo y un paneo veloz, ya dentro del auto, de los dos tipos: uno, con la pistola sentado donde el copiloto y otro, al mando del carro, y acelerando alegremente, con rumbo desconocido.

Todo tipo de ideas rondan una testa sobrecargada de sangre y en franco mareo sacudidor. La chica, de grandes pechos y rostro angelical, al lado de uno, nerviosa pero sin perder los estribos todavía, baja el rostro cuando el tipo de la pistola le pide solícitamente, "no me mires hija de la chingada". Noticias, imagenes veloces de encabezados memorizados sobre tipos y tipas comunes, violados, asaltados y tirados en baldíos, ríos de desagües y otros páramos, le vienen a uno a la mente, mientras se siente que el vehículo toma abruptamente velocidad hacia la dimensión desconocida de la hiperviolencia

Todo ocurre rápida y, paradójicamente, con una parsimonia enloquecedora. Todo lo hecho y lo pendiente en vida adquiere un cariz que se parece a la antesala del vacío. Los ojos puestos en las piernas y la sangre cayendo en el regazo, hace pensar obligadamente en por qué diablos uno no se comió más gorditas de chicharrón o se tomó esos dos últimos jaiboles de a grapa en la presentación de un libro, por qué no se pidió a más gente prestado y por qué puta madre la indecisión no permitió el atrevimiento y desfachatez de haberle pedido a la hermosa dama a un lado , ahora sí, decididamente, muerta de miedo y sin saber que hacer con sus manos, una probadita de las delicias de su carne (un apretón de bubi de perdis) en vez de haber andado tantos meses de manita sudada, sin la correspóndiente tarifa que para el cuerpo, ahora madreado y apocado de valor, hubiera hecho más llevadera esta cuota de remordimientos imbéciles y desubicados.

Como un rayo de esperanza y después de escuchar el deambuleo por una infinidad de calles de nuestra ilustre ciudad, donde la vida de los barrios se remueve y pulula, el pointer se detiene y uno es capaz de alcanzar un descanso momentaneo, pues ha llegado la hora de la verdad. Sudores fríos, vistas rápidas al cañon del arma y a los senos enormes de la chica en cuestión, llenan las púpilas de un hombre que parece entender, por el acto mismo de la situación, que la muerte y el sexo tiene más relación de lo imaginable (Freud, hubiese estado encantado de analizar este trance). Con el último resabio de rapiñez, el tipo del arma, nos solicita carteras, bolsos, celulares y cadenas de metales preciosos. Un par de billetes de a cincuenta, una cadenita de alpaca de la virgencita de Guadalupe de la muchacha, una cartera con con dos credenciales añejas (una de la unam, of course, y otra de metrobús) contituyen el último botín desencantado de estos dos grandes trastocadores de la tranquilidad que, una vez apeado a sus víctimas, les informan confianzudamente, como para rematar media hora de cinema verité a lo Mecánica Nacional:

- Los pusieron, mi jos, abusados...

Todavía, con el ojo que no ha sido anegado por el burbujeo de la sangre y los sesos hechos licuado, uno puede ver la luz de las calaveras, perdiendose en las calles sin pavimentar, alcanzar a oir el obligado ave maría purísima de dos comadres chismosas desde la esquina más próxima que lo han visto todo desde su puesto pozolero, distinguir el ladrido lejano de unos perros embravecidos a la mitad de la noche, escuchar  la voz emanando de los labios bellisimos de ese monumento a la lujuría más casquibana, en mitad de un terrogoso y solo arrabal:

- A mi me regresas en taxi... se me hace que ya no quiero verte más.

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