El fenómeno cultural , en México, del culto a la Santa Muerte es uno de las religiosidades posmodernas peor entendidas, no sólo en México sino en el resto del mundo, en particular, España; con esta entrada en la que analizamos La esquina de los ojos rojos del escritor mexicano Rafael Ramírez Heredia es nuestro deseo contribuir a poner sobre la mesa un debate auténtico y rico sobre este tema.
En la literatura hispanoamericana reciente, se observa una línea de lectura donde la relación literatura-realidad está presente de manera extrema en varios textos de ficción como es el caso de La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo, La frontera de cristal (1995) ó Abril rojo, de Santiago Roncagliolo. En estas novelas latinoamericanas contemporáneas lo literario y lo social se enlazan, ya sea para hablar de la violencia y/o la problemática socioeconómica que impacta culturalmente a América Latina.
La literatura mexicana del siglo XXI no se ha sustraído a las herencias de un pasado múltiple, diverso y mezclado. El imaginario social no ha deja de ser un rompecabezas y sus representaciones simbólicas aparecen de modo manifiesto en sus producciones artísticas, según Pierre Bourdieu.
La relación literatura-realidad ha arrojado, a fechas recientes, creaciones que contienen, aspectos culturales novedosos para la historia de las letras mexicanas y que, además, han revelado, en dicho discurso literario la presencia de una nueva forma de entender la religiosidad en el mexicano y, en general, en el hombre del siglo XXI, cuyos esfuerzos más denotados, en la actualidad, han ido en el sentido de renovar y trabar nuevos vínculos con restituidas formas de espiritualidad y abrazar, nuevamente, una conciencia auténtica de trascendencia . Tal es el caso de la obra de Rafael Ramírez Heredía, La esquina de los ojos rojos (2006), donde el tema del culto sincrético a la Santa Muerte atraviesa vertebralmente el proceso narratológico y se entrama en su escenario desbordado de violencia:
Con el ruido de la motoneta los rezos se evaporaron cuando iba apenas en eso de: “Muerte amada de mi corazón, no nos desampares, nunca dejes de cobijarnos con tu manto sagrado, no permitan que nos atormenten ni los de uniforme, ni las balas del fogón o lo afilado de las navajas.”
El tema de la muerte, como motivo literario, es tan antiguo como la literatura misma. Su existencia se enraíza conceptual y vitalmente en los orígenes mismos de la cultura y la condición humana, aunque como agrega Katía Perdigón Castañeda, en México el culto a la Santa Muerte, además, explica su rápida proliferación en los medios más populares como una “manera de elaborar estrategias de sobrevivencia entre los sectores marginados o en vías de marginación y se ha extendido a todos los niveles de la sociedad en los albores del siglo XXI” .
Inseparables, vida y muerte, ambos rostros de la existencia han representado dos extremos de la realidad del hombre como problema ontológico que permea, incluye y dirige culturalmente las civilizaciones que ha erigido la humanidad y forma parte de sus basamentos más profundos y sagrados. Las diferentes culturas humanas, en cada espacio y tiempo, han dado respuestas a la temática de la muerte de una forma tan variada, trascendental y sistemática que es prácticamente imposible encontrar una sociedad donde la religión, la filosofía, la literatura, el arte o la cultura popular se hayan desligado de dicha inquietud. En Occidente, el cristianismo, vino a ofrecer, durante la Baja y Alta Edad Media y el Renacimiento, un consuelo metafísico con los conceptos de la vida después de la muerte y de la “buena” muerte. En el caso concreto de México, tanto antes como después de la Conquista, la inquietud por la muerte ha marchado paralela y complementaria a la existencia, justificándola y equilibrándola simbióticamente. En El laberinto de la Soledad, Octavio Paz resalta el contraste de la muerte según la concepción azteca, frente a la idea cristiana traída por los españoles. El resultado de las dos es, según Paz, lo que define el sentido de la muerte en el México moderno.Para los aztecas, agrega Patrick Johansson, la cultura que amalgamo y asimiló la gran riqueza cultural de Mesoamérica, la vida se prolongaba con la muerte y viceversa .
Para la posmodernidad las inquietudes espirituales no son reliquias de un mundo folclórico, anterior e histórico, sino auténticas motivaciones vitales que comienzan a enlazarse con las concepciones de un mundo, otrora, declaradamente materialista. El decaer ético y moral de la religión católica en Occidente y en el mundo no ha significado la esperada secularización modernista de éste, sino muy por el contrario, la búsqueda de nuevas y diversas formas nuevas de espiritualidad que combina elementos culturales y morales de las religiones originales no sólo de Occidente, sino de áfrica, Asia, Sudamérica y las antiguas creencias mesoamericanas. Las diferentes creencias y religiones, al ser generadas por la cultura, no son elementos estáticos sino que poseen una historia propia de transformación, influencia, contraposición y asimilación mutua y, como la sociedad, han ido cambiando y adaptándose a cada lugar, a cada tiempo para “cultivar prácticas e ideas religiosas varias, y a elaborar, por un proceso de bricolaje, su propio universo religioso adaptado a sus necesidades simbólicas y prácticas” . En la novela de Ramírez Heredía, los personajes ejercen una espiritualidad ”práctica”, donde el poder divino es encarnado a sus necesidades existenciales en las que, por medio de la violencia, se pone en juego su realidad misma: “el Yube agradece favores recibidos y gracias por recibir(a la Santa Muerte); las oraciones lo han sacado de varios enredos gordos cuando el Amacupa trató de echarle el guante por lo de las mercancías coreanas; cuando estuvo a punto de palmarla en el tiroteo de la Avenida del Trabajo y la ejecutada falló" .
La re-proliferación en América latina y México de movimientos religiosos basados, ahora, en aspectos originarios, fundamentalismos y protestantismos como señala Jean Pierre Bastian, se explica debido a la “transnacionalización de las redes de comunicación, empobrecimiento y anomia de masas, ausencia de movimientos sociales autónomos y juego político cerrado, fracaso del catolicismo radical y perpetuación de estructuras católicas articuladas al Estado . Las formas de los nuevos cultos en Latinoamérica tienen como base fundamental la hibridez. Son diversas las nuevas formas de culto que amalgaman distintos elementos culturales formando religiones o creencias híbridas y sincréticas; este es el caso del culto a la Santa Muerte. Para Noemí Quesada esta devoción se puede precisar como una religiosidad popular y contemporánea la cual: “se define a partir de la religión oficial como perteneciente a grupos populares, subalternos o marginados en una relación de clase, poder y dominación” . Con estos antecedentes nuestra idea de la muerte, tanto su visión mesoamericana como occidental, y su referencia temática en la literatura mexicana ha generado, desde siempre, obras notables que, en la tradición de este país no dejan de suscitar interés. Como se ha observado esta expresión requiere además un análisis literario que ahonde en dicha temática ya que más allá de asumir la tentación simplista de desacreditar lo que no dudaría en calificar de herético y sectario un sistema complejo de devoción como el cristianismo, sí se trata de reconocer un infringimiento lógico fundamental que funge de cimiento de esta forma y práctica fideica: dirigir la búsqueda del favor trascendente en la que los vivos depositan su necesidad de resguardo en esa otredad fundante que es la muerte .
Ernesto Pablo
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